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Presencia Vasca en el folklore venezolano



Editorial Xamezaga

Catalogo de Obras 1.100

La Memoria de los Vascos en Venezuela


Folklore  - Grupo de Dantzaris - Centro Vasco Caracas


Tras el camino de la música, el folklore siempre ha mantenido un lugar preponderante y desde la llegada de los primeros exiliados, con los escasos niños con que contaba la incipiente colonia, se realizó una representación en el enton­ces Estadio de San Agustín, guiados por la pericia de Joseba Badiola, que venía de ofrecer su joven experiencia por los caminos de Inglaterra, entre los grupos de niños vascos exiliados que habían arribado a ese país. Además de Joseba, los txistularis Isasti y los hermanos Oñatibia, más el señor Atxurra, pionero de los txistularis en Venezuela, se hizo sen­tir desde entonces en cuanto festejo se organizó. 


Aquella re­presentación de los vascos ocupó la atención de varios dia­rios caraqueños y a partir de entonces nunca los dantzaris de Caracas han bajado la guardia: de grupo a grupo, de fecha a fecha, de edad a edad y recientemente nos han sorprendido en el día del Dantzari Eguna, con un simpático despliegue de niños, jóvenes, menos jóvenes, perdón, «jóvenes aún», que pusieron a funcionar sus energías, echándole esfuerzo y cari­ño, afincados en esa gran voluntad por mantener la vigencia de nuestras manifestaciones folklóricas.

Estos grupo de dantzaris, txistularis, acordeonistas y directores-profesores de los diversos grupos merecen un capítu­lo aparte por su especial dedicación que, entre otras cosas y fuera de sus exhibiciones en Eusko-Etxea y otros puntos de la geografía caraqueña nos proporcionan la alegría de contemplar nuestra representación «nacional» con su auténtico nombre e ikurriña durante largos años, asistiendo al Festival de Danzas Folklóricas Internacionales que anualmente se celebra en Cara­cas, donde acuden diferentes colonias de países extranjeros. En estas lides el Aldaska ha obtenido el ler. Premio el año 1984, y como es la costumbre les tocó organizar el próximo festival el año 1985 en los locales del Centro Vasco, el cual resultó un éxito de público, en este año el premio correspondió a la colonia croata y los dos años seguidos, 1988 y 1989, Aldaska obtu­vo el 2° Premio, presentando el grupo más joven del Festival.

Preencia vasca en el folklore venezolano

Durante casi un siglo, de 1728 a 1785, de la Compañía Guípuzcoana, así como las misiones de sacerdotes o la presencia de gente oriunda del País Vasco an­teriores o ulteriores a ésta, influenciaron profundamente a nuestro país, no sólo en aspectos exteriores sino en su propia psicología colectiva, en su alma, en sus costumbres.


Esa influencia o presencia en el campo del folklore venezolano se advierte en algunas manifestaciones particularmente seme­jantes a otras que existen en el País Vasco. Vamos a enumerar algunas de ellas, sin ahondar en las fuen­tes ni en las simbiosis a que pudieron dar lugar y sin preten­der limitar a esta enumeración superficial las supervivencias vascas en nuestra cultura popular tradicional.

Resulta imposible no relacionar nuestra tradicional y ya un tanto extinta burriquita carnavalesca con el zamalzain u hom­bre caballo de los cortejos souletinos evocadores de episodios guerreros. 

Remitimos a nuestros lectores para mayor informa­ción sobre el origen, el carácter y las variedades de esas mas­caradas souletinas, a Ja obra Los Vascos de Julio Caro Baro-ja(:' donde se puede leer lo siguiente: "Los cortejos, en el Bajo Soule, son mucho más numerosos que en el Alto Soule: siempre se haJlan divididos en dos fracciones. La primera la forma la llamada mascarada roja compuesta hoy de una serie de personajes fijos, que son, de todas maneras, menos que los que la componían a mediados del siglo pasado; va a la cabeza el Txerrero, armado con un palo del que cuelga una gran mata de crines de caballo. Detrás iban los corderos y el oso hoy desaparecidos, quedando así en segundo lugar el gato (Gathia, Gathwain), al que se distingue por la especie de tijera de madera con que importuna a los espectadores. Vienen después y en este orden la cantinera (un muchacho vestido femenilmente); Zamalzain, es decir, el caballo o el hombre montado a caballo, representado de modo muy esquemático y que parece ser el personaje más importante de todos. . ."

La Burriqmta venezolana tiene muchos aspectos en común con el Zamalzain, no sólo por el hecho en sí de que se trata en ambos casos de la imitación de un hombre montado sobre un solípedo, sino por el espíritu mismo de los movimientos y la representación del animal jineteado. Pero sí en el País Vasco se trata de un caballo, en Venezuela éste se convierte en humilde asno, compañero habitual del hombre del pueblo. Cabe apuntar que la fecha en que aparece esta máscara es más

o menos la misma en el País Vasco y en Venezuela, es decir, la Pascua de Navidad y el Carnaval.

Del cortejo souletmo en sí no pasaron a nuestro folklore otros personajes, y correspondería a un estudioso en esta materia precisar si la presencia de la burriquita se debe efectivamen­te a los vascos o si se trata de otra procedencia, o si estamos ante un fenómeno de analogía, tan frecuente en la cultura popular tradicional.

Existió en Venezuela un juego de bastones llamado Paloteo ya desaparecido, del cual se tiene una versión gracias a Rosa Cesteri quíen escribió algo al respecto. En La Parroquia, Estado Mérida, el 2 de febrero, día de la Virgen de la Cande­laria, se celebra una ceremonia bailada y cantada por los lla­mados ¿lanceros de la Candelaria''2' en que éstos, al efectuar determinadas figuras, entrechocan los palos o garrotes que llevan. Hay otras partes en las que esos garrotes desempeñan un papel importante. Finalmente el 1'amunangite del Estado Lara, compuesto por siete sones y cuya ejecución se lleva a cabo el día de San Amonio, según las tradiciones, 13 de junio, se inicia con una suerte de duelo a garrotazos entre dos parti­cipantes. Aquí no se trata de chocar los palos sino de darse palos a manera de sablazos, con las consiguientes paradas y esguinces.

¿Cabe relacionar estos paloteos o la Batalla tamunanguera con la Makil-dantza vasca? No lo sabemos a ciencia cierta, tanto más cuando esos paloteos se desprenden de los antiguos bailes peninsulares llamados de Moros y Cristianos. A lo mejor la propia Makil-dantza se inscribió, originalmente, en esas mani­festaciones con las que los Íberos celebraban el recuerdo de sus guerras y triunfo sobre los moros. Pero lo que sí no se puede negar es que en el juego de bastones vascos predomina un pa­loteo como sucede en las manifestaciones similares venezolanas. Nada se parece tanto al Toro del Fuego del País Vasco como el Toro e'Candela que Luis Felipe Ramón y Rivera e Isabel Aretz, directores de nuestro Instituto de Folklore, estudiaron en el pueblo de Pregonero (Estado Táchira), durante la Na­vidad. No obstante las diferencias en la confección misma del objeto y en las materias incandescentes que, en el País Vasco son fuegos artificiales y en Pregonero, simples estopas mojadas en kerosén, se trata de una misma representación.

Isabel Aretz en el libro Panorama, del Floklore Venezolano^'" apunta que la raíz de muchas costumbres nuestras deben bus­carse en "las Misiones, donde los religiosos suplantaron con bailes europeos o españoles algunos bailes indígenas que ha­cían ejecutar en honor de los Santos Patronos". Y añade: "En 1947, durante un viaje de estudio que realizamos a Ealcón, un párroco nos ofreció unos viejos cuadernillos manuscritos que muestran cómo circularon en Venezuela músicas y des­cripciones de danzas como las de los Espatadantzaris, el Baile de las Cintas y el Baile Zortziko "para bailar solo'', entre otros".

En este caso sí podemos asegurar que se trata de manifestacio­nes pertenecientes ai folklore vasco, puesto que hasta los nom­bres figuran en el idioma correspondiente. La Danza de las Espadas puede constituir otro factor de influencia en la Ba­talla de El Tamunangue, aunque en verdad, no se conoce en Venezuek nada que se le parezca. El Baile Zortziko debe ser el zorzico desprendido del aurresku de cuyos cuatro movi­mientos, en verdad, no se advierte presencia alguna en las danzas venezolanas. En cambio el Baile de las Cintas, llamado inexplicablemente Sebucán en muchas partes de Venezuela, constituye una tradición arraigada y aún vigente. Pero se trata de una manifestación universal, y sería temerario asegurar que fueron los vascos quienes implantaron el Sebucán o tejido del palo de cintas, en nuestro país.

En cambio la existencia del Baile de la Botella que figura en la clasificación de las danzas por su forma, del cuadro elabo­rado por Isabel Aretz(41 nos mueve a pensar inevitablemente en la gobelet-dantza, tanto más cuando leemos la descripción que hiciera de ella Miguel Cardona: "El cantador baila ape­nas levantando los pies y con los brazos pendientes evolucio­na de derecha a izquierda. Después cruzando y saltando sobre la botella:

"A San Benito

Porque tiene el Poder

Del Dios Verdadero

Levanto la botella

Y le doy de tomar.

Tenga mucho cuidado

No la vaya a quebrar".(;"

En efecto, eso de cruzar sobre la botella y de saltar por enci­ma sin romperla se parece a las acrobacias de los bailadores vascos sobre el vaso lleno de vino. Tan solo que los vascos llegan a pararse sobre el vaso mientras que en la danza vene­zolana, ya extinguida probablemente, se trata de una botella. Conviene señalar que cuando Cardona recoge la información mencionada sobre la Danza de la Botella, ya ésta ha casi 24 desaparecido.

En otros aspectos existen vagas similitudes enrre el Culto de María Lionza y el de Mari de la mitología vasca, como seria el hecho de que María Lionza recorre los bosques montada en una danta y seguida por su corte de don Juanes y luchos otros personajes, mientras que Mari aparece sentada sobre un carro que cruza el aire tirado por cuatro caballos o bien mon­tada sobre un carnero, pues en cierto modo es una divinidad de aquelarre, simbiosis entre la tierra y el macho cabrío, el fuego y el averno. María Lionza mora en el fondo de las aguas y Mari en las entrañas de la tierra. Pero ambas tienen habita­ciones ricamente adornadas en las que abundan las piedras preciosas y suelen pasar parte de su tiempo arreglando sus cabellos. Mari tiene también su corte de genios, pero, en su caso, predominan los atributos y las personificaciones demo­níacas. Puede ser que algunos rasgos del culto de Mari, traído por campesinos vascos, hayan afluido al Culto de María Lionza.

Del mismo modo cuando se leen las descripciones de las im­provisaciones de beftsolariak o versolaris, celebradas con mo­tivo de festividades patronales, se piensa en los velorios bar-loventeños con sus decímistas que argumentan y se enredan en porfías interminables, en medio de la aprobación o desa­probación de un público atento y conocedor. Lo aquí expuesto no pasa de ser un apunte referente a un tema de indudable importancia, pues aún no se ha estudiado, desde un punto de vista cultural, el aporte del pueblo vasco al pueblo venezolano. Esta falla resulta inaceptable, tanto más cuando se conoce la transformación que sufrió Venezuela, después de la llegada de la Compañía Guipuzcoana, cuya in­fluencia no sólo fue económica sino social. Las naves guipuzcoanas traían junto con productos de mercadeo europeo y mercancías de toda clase, semillas de nuevas plantas, ideas, ilustración, folklore, y gente sana y robusta que supo sem­brarse en este país, hasta nuestros días. Vicente Amezaga 


Compilacion Edicion y Publicacion

Xabier Iñaki Amezaga Iribarren


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